https://laalcarriaobrera.blogspot.com.es/2010/01/angel-pestana-en-la-urss.html

Ángel Pestaña acudió a Moscú como delegado de la CNT al congreso fundacional de la Internacional Sindical Roja, la rama sindical de la Tercera Internacional que estaba bajo la férrea disciplina de la Internacional Comunista y de los Partidos Comunistas de los respectivos países, muestra ejemplar de la visión de los sindicatos como simples correas de transmisión de los partidos políticos leninistas, vanguardia infalible del proletariado. El Informe de mi estancia en la URSS de Pestaña y las afirmaciones de Gastón Leval, un francés delegado de la CNT española, decidieron a la CNT a romper con la Internacional comunista en el mes de junio de 1922 y adherirse a la recién refundada Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), heredera de la Primera Internacional Obrera. Ofrecemos el resumen que el propio Pestaña hizo de su discurso en el congreso sindical de Moscú.

Llegó mi turno y subí a la tribuna para hacer uso de la palabra.

Dije que la situación de los delegados no acordes con lo que allí se había expuesto era extremadamente delicada y difícil, ya que toda crítica hecha a los puntos de vista sustentados por la III Internacional podían interpretarla nuestros adversarios como signo evidente de división entre el elemento trabajador, al apreciar la revolución, y no dejarían de explotar estas diferencias de apreciación para insinuar entre los obreros la especie de que la revolución era un fracaso, ya que no todos apreciábamos de igual modo los resultados.

Son estas, contingencias –continué- que todos debemos recordar en el debate que se ha planteado, pues olvidarlas equivaldría a generar diferencias nada provechosas para la causa que defendemos: la emancipación de la clase obrera.

La revolución ha proyectado un poderoso rayo de simpatía entre los obreros de todo el mundo, y sería doloroso que por entregarnos aquí a discusiones más o menos partidistas destruyéramos la labor que esa simpatía ha realizado.

Por eso, nuestras críticas deben limitarse a los extremos que no estén de acuerdo con nuestro pensar, y aun aquí, limitarnos lo más posible.

Dicho esto, entraré en el tema que aquí se está discutiendo.

A creer a cuantos oradores me han precedido en el uso de la palabra, la revolución en Europa y en el mundo entero queda supeditada a la organización de los Partidos comunistas en todos los países.

Se ha afirmado, pero eso sí sin aportar pruebas que puedan convencer a lo menos a mí, y si no pruebas cuando menos hipótesis razonables, que sin Partido Comunista no hay revolución, no se destruirá al capitalismo y las clases trabajadoras no conquistarán jamás el derecho de ser libres.

Afirmación gratuita y hasta algo fuera de lugar por sus pretensiones, ya que con ello se quiere negar la historia y la génesis de todos los movimientos revolucionarios que la humanidad ha realizado en el lento y penoso camino que recorre para acercarse a su dicha.

Se nos ha dicho: Mirad a Rusia; contemplad este bello espectáculo; el ejemplo; este ejemplo debéis admirar y en él hallaréis la confirmación práctica de nuestros razonamientos.

Y yo digo: ¿Qué debemos mirar? ¿Cuál es la contemplación que nos proponéis? Aquí no vemos más que una revolución ya hecha y el ensayo de un sistema de organización social, cuyos resultados no son lo suficientemente claros como para que sobre ellos hagamos deducciones.

Nos ponéis delante del acto consumado, y nos decís: he ahí el ejemplo.

No es así, ni situándonos en tal extremo, como podremos juzgar las pretensiones de la III Internacional.

Habéis olvidado algo muy esencial, lo más esencial para que vuestros razonamientos tuvieran la fuerza que pretendéis.

Habéis olvidado demostrarnos si fue el P.C: el que hizo la revolución en Rusia.

Demostradme que fuisteis vosotros, que fue vuestro partido el que hizo la revolución y entonces creeré en cuanto habéis dicho y trabajaré por lograr lo que proponéis.

La revolución según mi criterio, camaradas delegados, no es, no puede ser, la obra de un partido. Un partido no hace la revolución; un partido no va más allá de organizar un golpe de Estado, y un golpe de Estado no es una revolución.

La revolución es la resultante de muchas causas cuya génesis la hallaremos en un mayor estado de cultura del pueblo, entre el desnivel que se produce entre sus aspiraciones y la organización que rija y gobierne este pueblo.

La revolución es la manifestación, más o menos violenta, de un estado de ánimo favorable a un cambio en las normas que rigen la vida de un pueblo y que, por una labor constante de varias generaciones que se han sucedido luchando por la aplicación de ese deseo, emerge de las sombras en el momento dado y barre, sin compasión, cuantos obstáculos se oponen a su fin.

La revolución es la idea que han adquirido las muchedumbres de un mejor estado social, y que o hallando cauces legales para manifestarse, por la oposición de las clases capitalistas, surge y se impone por la violencia.

La revolución es la consecuencia de una proceso evolutivo que se manifiesta en todas las clases de un país, pero particularmente en las menesterosas, por ser ellas las que más sufren en el régimen capitalista, y no hay partido alguno que pueda atribuirse el privilegio de ser él solo quien ha creado este proceso.

La revolución es un producto natural que germina después de haber sembrado muchas ideas, regado el campo con la sangre de muchos mártires, arrancando las plantas malas a costa de inmensos sacrificios, y ¿qué partido si no quiere que le tomen en ridículo podrá vanagloriarse de haber él sembrado ideas, el campo regado y escardado? Ninguno, es decir, yo creo que ninguno; vosotros no sois de la misma opinión.

Decimos que sin Partido Comunista no puede hacerse la revolución, y que sin Ejército Rojo no pueden conservarse sus conquistas, y que sin conquista del Poder no hay emancipación posible, y que sin dictadura no se destruye a la burguesía; es hacer afirmaciones cuyas pruebas nadie puede aportar. Pues si serenamente observamos lo sucedido en Rusia, no hallaremos de tales afirmaciones una confirmación.

Vosotros no hicisteis solos la revolución en Rusia, cooperasteis a que se hiciera y fuisteis más afortunados para lograr el poder.

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Entrevista de Lenin y Pestaña

Publicado en https://partidosindicalista.wordpress.com/2016/08/06/entrevista-entre-lenin-y-pestana/

Siguiendo las directrices del Congreso del Teatro de la Comedia, Ángel Pestaña fue elegido para la comisión encargada de representar a la CNT en el II Congreso de la Internacional Comunista. Durante su estancia en la Unión Soviética tuvo ocasión de conocer a Lenin, Trotski, Zinoviev, Radek, Luzovsky y otros dirigentes comunistas; también se entrevistó con Kropotkin. Fue uno de los escasos delegados que se atrevieron a enfrentarse a la línea impuesta por los comunistas, entendiendo que las decisiones allí tomadas ya se habían acordado de antemano. A su regreso fue hecho preso en Italia y en Barcelona. Durante su encarcelamiento, redactó un extenso informe sobre su viaje que influyó en el posterior distanciamiento de la CNT  del bolchevismo. Sus tesis se ratificaron en junio de 1922, en la Conferencia de Zaragoza.

Entrevista de Ángel Pestaña con Lenin:

El despacho de Lenin estaba amueblado con sobriedad. Todo lo superfluo había sido descartado. Un grandioso mapa de Rusia; alguno más pequeño de otros países: una mesa de trabajo abarrotada de documentos y papeles; algunas sillas; unas butacas y sillones. Este era todo el mobiliario. Apareció Lenin. Sonriente nos tendió la mano que apretamos con verdadera efusión y nos sentamos frente a frente. Estaba contento, alegre, satisfecho. Apareció Lenin. Sonriente, nos tendió la mano que apretamos con verdadera efusión, y nos sentamos frente a frente.

— ¿Estáis contento del trato que os hemos dado los comunistas?…

—Mucho— contesté.

Después de un rato de charla-discusión a propósito de «dictadura», «centralismo», «revolución», Lenin preguntó a Pestaña:

— A propósito: ¿qué concepto, como revolucionarios, os merecen los delegados que han concurrido al Congreso?

— ¿Queréis que os sea franco?

— Para eso os lo pregunto.

— Pues bien, aunque el saberlo os cause alguna decepción, o penséis que no sé conocer el valor de los hombres, el concepto que tengo de la mayoría de los delegados concurrentes al Congreso, es deplorable. Salvando raras excepciones, todos tienen mentalidad burguesa. Unos por arrivistas y otros porque tal es su temperamento y su educación.

— ¿Y en qué os fundáis para emitir juicio tan desfavorable? ¡No será por lo que han dicho en el Congreso!

— Por eso exclusivamente, no; pero me fundo en la contradicción entre los discursos que pronunciaban en el Congreso y la vida ordinaria que hacían en el hotel. Las pequeñas acciones de cada día enseñan a conocer mejor a los hombres que todas sus palabras y discursos; es por lo que se hace y se dice por lo que puede conocerse a cada uno. Muchos granos de arena acumulados hacen el montón. No el montón a los granos. La infinita serie de pequeñas cosas que hemos de realizar día tras día, demuestran mejor que ningún otro medio, el fondo verdadero de cada uno de nosotros. ¿Cómo queréis, Lenin, que creamos en los sentimientos revolucionarios, altruistas y emancipadores de muchos de esos delegados que en la vida de relación diaria, obran, ni más ni menos, como el más perfecto burgués?…

Murmuran y maldicen de que la comida es poca y mediana, olvidando que somos los delegados extranjeros los privilegiados en la alimentación, y lo más esencial: que millones de hombre, mujeres, niños y ancianos carecen, no ya de lo superfluo, sino de lo estrictamente indispensable. ¿Cómo se ha de creer en el altruismo de esos delegados, que llevan a comer al hotel a infelices muchachas hambrientas a cambio de que se acuesten con ellos, o hacen regalos a las mujeres que nos sirven para abusar de ellas? ¿Con qué derecho hablan de fraternidad esos delegados que apostrofan, insultan e injurian a los hombres de servicio del hotel porque no están siempre a punto para satisfacer sus más insignificantes caprichos?…

A hombres y mujeres del pueblo los consideran servidores, criados, lacayos, olvidando que acaso algunos de ellos se han batido y. expuesto su vida en defensa de la revolución ¿De qué les ha servido? Cada noche, igual que si viajaran por los países capitalistas, ponen sus zapatos en la puerta del cuarto para que el «camarada» servidor del hotel se los limpie y embetune. ¡Hay para reventar de risa con la mentalidad «revolucionaria» de esos delegados! Y el empaque y altivez y desprecio con que tratan a quien no sea algo influyente en el seno del gobierno en el Comité de la Tercera Internacional irrita, desespera. Hace pensar en cómo procederían esos individuos si mañana se hiciera la revolución en sus países de origen y fueran ellos los encargados de dirigirnos desde el Poder…

¡Poco importan los discursos que hagan en el Congreso! Que hablen de fraternidad, de compañerismo, de camaradería, para obrar luego en amos, es sencillamente ridículo, cuando no infame y detestable. Y, por último, esas lucrativas componendas que presenciamos los que estamos asqueados de tantas defecciones; ese continuo ir y venir tendiendo la mano y poniendo precio a su adhesión, reviste todos los caracteres de la más infame canallada, de la más indigna granujería. Eso es tan bajo, ruin miserable, como lo sería una madre que vendiera su hija para satisfacer un capricho de los más abominables e inmundos…

¿Cómo vamos a creer en el espíritu revolucionario y en la seriedad de esas gentes? ¿Que desean la revolución en sus respectivos países? Eso sí; pero quieren que se haga sin peligro para sus olímpicas personas y en beneficio exclusivo de sus concupiscencias. Naturalmente que esto no quiere decir que en el seno de los partidos comunistas y de las multitudes, por esos delegados representadas, no haya centenares de individuos de buena fe, dispuestos al sacrificio y dignos de todo respeto y consideración. Estos quedan aparte. Estas censuras no tienen más alcance que el puramente personal y en relación a los delegados concurrentes al Congreso. Esta es nuestra opinión, sinceramente expuesta.”

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